Nombrar lo innombrable: El primer acto de libertad

Nombrar lo innombrable: El primer acto de libertad

[vc_row css_animation=»» row_type=»row» use_row_as_full_screen_section=»no» type=»full_width» angled_section=»no» text_align=»left» background_image_as_pattern=»without_pattern»][vc_column][vc_column_text]A veces me pregunto cuántas cosas viven dentro nuestro sin tener un nombre. Cuántas emociones, recuerdos, vacíos o dolores caminan con nosotros, agazapados en la penumbra de lo innombrable. Y pienso, también, en la primera vez que alguien, con palabras sencillas pero firmes, me ayudó a ponerle nombre a algo que me habitaba desde hacía años.

Era una tarde cualquiera, en una sala tibia de terapia, cuando pronuncié, casi sin darme cuenta, la palabra “abandono”. No era nueva para mí, claro. La había escuchado en canciones, en libros, en las calles. Pero nunca la había dicho con el peso y la desnudez con que se dice en ese espacio donde uno se atreve a mirarse. No era cualquier abandono, era ese abandono interno, el que deja la sensación punzante de “no haber sido suficiente”. El abandono que no viene solo de los otros, sino que se mete debajo de la piel y se convierte en una certeza invisible: algo en mí no alcanza, algo en mí no basta.

Nombrar. Qué acto tan simple y tan complejo. En los primeros pasos de un proceso terapéutico —y quizás en los pasos más profundos de la vida— aprender a nombrar es como encender una luz en una habitación oscura. No transforma aún el espacio, pero revela lo que hay. Y a veces, lo que hay no es lo que esperábamos. Hay rabia donde creíamos que solo había tristeza, hay miedo donde presumíamos indiferencia, hay vergüenza escondida bajo la coraza de la autosuficiencia.

Gurdjieff decía que el ser humano es como una casa sin dueño. Llena de habitaciones, voces, ruidos, pero sin un punto central de conciencia que organice, que abrace, que mire con compasión. Y pienso que nombrar es ese primer acto de invitar al dueño a volver, de empezar a hacerse cargo, no desde el control frío, sino desde la presencia.

Pero no basta con el nombre. El lenguaje es un mapa, no el territorio. Después de nombrar viene la tarea más sutil: describir. Poner matices, bordes, texturas. ¿Qué es exactamente ese abandono? ¿Dónde se siente en el cuerpo? ¿Cuándo aparece? ¿A qué se parece? ¿Qué imágenes lo acompañan? En ese ejercicio de descripción, empezamos a darle forma a lo que antes era solo una nebulosa difusa, y en esa forma aparece la posibilidad de comprendernos.

A veces, en consulta, escucho relatos que al principio son un torrente confuso: “Me siento mal”, “Todo está desordenado”, “No entiendo lo que me pasa”, y está bien. Así comienza el camino. Pero poco a poco, si uno se permite el tiempo y el cuidado, esas palabras se van afinando. “Me siento desbordado”, “Siento un vacío en el pecho”, “Hay una parte de mí que no quiere sentir esto, pero hay otra que necesita ser escuchada”. Es como si el caos interior se fuera organizando en pequeñas islas de claridad.

Es en ese punto, cuando logramos nombrar y describir, que aparece la verdadera bisagra: la posibilidad de revisar cómo nos relacionamos con aquello que hemos aprendido a ver. Porque no somos solo lo que sentimos, sino también la forma en que convivimos con eso. Uno puede tener miedo, y pelearse con él, negarlo, rechazarlo, o puede empezar a dialogar con ese miedo, a entender su origen, su función, su historia.

Camus decía que nombrar el absurdo de la vida es el primer paso para no ser devorados por él. Y yo creo que en lo íntimo pasa algo similar: solo cuando nombramos y describimos el dolor, la ansiedad, la rabia o la tristeza, dejamos de ser rehenes de esos estados, y empezamos —lentamente, torpemente— a transformar nuestra relación con ellos.

Recuerdo la historia de una clienta que durante meses no podía hablar de su sensación de inutilidad. La vivía, la sufría, pero no la podía nombrar. Era como un fantasma que la rondaba, que se metía en su piel, en sus gestos, pero al que nunca miraba de frente. Hasta que un día, entre lágrimas, dijo: “Me siento inútil… como si no sirviera para existir”, y ahí, justo ahí, empezó el verdadero proceso. No porque desapareciera esa sensación, sino porque al nombrarla, al describirla, al mirarla con los ojos bien abiertos, ella empezó a comprender de dónde venía. Una infancia de exigencias imposibles, un padre ausente, una sociedad que mide el valor en logros visibles.

Desde ese lugar, pudo —con el tiempo— cambiar la relación con esa vieja herida. No desapareció por completo, no hay milagros apresurados, pero dejó de ser un enemigo invisible y se convirtió en una parte más de su paisaje interior. A veces, aún hoy, me dice: “Hoy apareció esa vocecita de inutilidad, pero ya no me domina, la escucho, le doy un espacio, y sigo”.

Quizás, al final, de eso se trata el trabajo terapéutico: de pasar de ser esclavos de lo innombrado a ser compañeros de lo que hemos aprendido a nombrar y comprender. No para eliminarlo, sino para habitarlo con más dignidad y menos miedo.

La vida nos regala muchos nombres, pero también nos los arrebata. A veces, perdemos las palabras para decir lo que sentimos, y nos quedamos vagando entre silencios y síntomas. Por eso, cada vez que alguien encuentra el coraje de ponerle nombre a su dolor, a su deseo, a su historia, hay un pequeño acto de libertad. Y esa libertad, aunque sea frágil y provisional, es la semilla de todo cambio verdadero.

Me gusta pensar que nombrar es como tender un puente sobre un río caudaloso. Al principio, la corriente sigue su curso, violenta, impredecible. Pero el puente está ahí, y desde él, uno puede mirar el agua, reconocer sus remolinos, entender sus cauces. A veces, incluso, con el tiempo, uno aprende a cruzarlo. Al otro lado, no siempre hay respuestas, pero hay un terreno nuevo, fértil, posible.

Nombrar. Describir. Relacionarse. Transformar. Cuatro movimientos que se entrelazan como un suave aprendizaje de existir.

Porque solo podemos cambiar aquello que primero nos atrevemos a ver, y para ver, a veces, solo hace falta una palabra dicha con honestidad.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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